Nuevos y viejos paradigmas para el siglo XXI
es el original en español del artículo del miembro de la RED VASCA ROJA Iñaki Gil de San Vicente publicado en ABRENTE, la revista de nuestros camaradas comunistas e independentistas gallegos de Primeira Linha (MLN), en su nº 20, correspondiente a abril, mayo y junio del año 2001. Lo publicamos aquí porque el excelente texto de Iñaki expresa con acierto, concisión y justeza el planteamiento teórico clave que vertebra la RED VASCA ROJA.
De vez en cuando, los comunistas debemos hacer un especial esfuerzo de orientación práctica y teórica. Pongamos el ejemplo de la tripulación del barco que en medio del temporal y entre arrecifes debe hacer en ese momento un esfuerzo de ubicación, es decir, de saber dónde está y a donde quiere llegar. La tripulación no quiere detener la nave y necesita conocer su situación con más exactitud que otras veces, cuando la mar está calmada y todo parece tranquilo. Cualquier marino sabe que los temporales son periódicamente inevitables y que es suicida no prepararse para superarlos; cualquier marino sabe que si embarca creyendo que no va a tener ningún problema, y no toma las medidas necesarias, lo más probable es que si se encuentra con un tifón y en medio de un arrecife, se irá a pique. Prepararse con antelación es muy importante y en esa preparación es decisivo conocer lo mejor posible el estado de su navío y sus cualidades náuticas porque, en medio de la tempestad, la confianza que produce tal conocimiento permite tomar decisiones urgentes sin miedos ni temores que acogotan y paralizan la iniciativa.
Las organizaciones revolucionarias, más que cualesquiera otros colectivos humanos, somos especialmente propensas a no tomar esas precauciones y, sobre todo, a dejarnos llevar por los cantos de sirena que nos lanza la prensa e intelectualidad burguesa para que, en medio de la tormenta, creamos en sus promesas o al menos en las teorías de algunos de sus intelectuales que nos ofrecen el mejor de los mundos si abandonamos nuestro objetivo y nuestro rumbo y nos refugiamos vencidos en su puerto. Las razones de nuestra indolencia y despreocupación en esos mínimos requisitos, precisamente cuando debiéramos ser nosotros los primeros y mejores navegantes, son fáciles de comprender y las debatiremos en otro momento porque lo que nos interesa ahora mismo es aplicar y desarrollar la metáfora del marino a nuestra militancia cara al siglo XXI, que es de lo que se trata. Pues bien, en este sentido, lo primero que hay que preguntarse es si nuestro buque, es decir, la corriente comunista que lleva más de siglo y medio combatiendo al capitalismo es el mejor navío, o el menos malo, de los que podemos disponer. No es una cuestión accesoria porque ése ha sido un debate estratégico desde antes incluso de que el comunismo apareciera como tal, oficialmente, en 1848.
Cometeríamos un error muy beneficioso para el capitalismo si intentáramos responder a esta pregunta según el método burgués que reduce la historia humana a la historia de individuos famosos. Así, este método trampea el debate entre capitalismo y comunismo al reducirlo al debate entre la riqueza de las burguesías norteamericana, europea y japonesa, como síntesis de todo lo humano, y "los errores de Marx". Pero aunque Marx, y Engels, y tantos otros y otras, son importantes en el comunismo, éste, en cuanto movimiento revolucionario que nace de las contradicciones objetivas del modo de producción capitalista, es más que esos individuos. De hecho, Marx y Engels no hubieran podido desarrollar su majestuosa teoría, primero, sin la experiencia de las masas oprimidas incluso precapitalistas; segundo, sin las innovaciones teóricas de los economistas burgueses clásicos; tercero, sin las innovaciones teóricas de los políticos franceses; cuarto, sin las innovaciones filosóficas de los alemanes y último, quinto, sin las innovaciones éticas de los socialistas utópicos. Los comunistas, Marx y Engels los primeros, nunca han ocultado sus deudas intelectuales hacia esos cuatro bloques, y hacia otros como las luchas nacionales, las luchas feministas, las primeras críticas ecologistas, los avances científicos de su época, etc. Más aún, no han tenido reparos en reconocer el origen burgués de muchas de esas innovaciones.
El mérito del comunismo, y en especial de Marx pero también de muchos revolucionarios posteriores, es que supo, por un lado, sintetizar lo esencial de esas aportaciones y, por otro, engarzar esa síntesis en una teoría de la evolución humana -el materialismo histórico- cualitativamente superior a la que pudo elaborar la burguesía con todos sus instrumentos teóricos, universitarios, intelectuales, etc. Para el comunista el materialismo histórico es como para el marino la ciencia de la navegación. Ambas se demuestran en la práctica y los errores cometidos nos obligan a mejoras y avances. Comparando esta evolución con la de las teorías burguesas, la superioridad del materialismo histórico es innegable, aunque ello no le exima de la autocrítica permanente. Ha sido y es tan aplastante su superioridad que el capitalismo para frenarlo sólo ha tenido el criminal recurso de la brutalidad militar para derrotar al comunismo en algunos sitios, para asfixiarlo en otros y para atemorizar y alienar tanto a las clases oprimidas para que el resto de sus avances sean siempre luchando contra la amenaza y el chantaje, cuando no contra la represión, la tortura y asesinato. Y es que, en este decisivo asunto de la práctica humana, los resultados que validan o niegan las teorías antagónicas no se obtienen tras exhaustivos exámenes neutrales realizados por sesudos sabios, sino en el campo de batalla de la lucha de clases. Desde esta constancia histórica ¿qué pueden decir contra el marxismo, contra el materialismo histórico, las diferentes teorías sociológicas, económicas, filosóficas y éticas burguesas que sólo se han dedicado a defender los intereses de sus clases dominantes, que son las que pagan los enormes sueldos de sus intelectuales?
Llegamos así a la segunda cuestión importante, la de saber en qué momento preciso del temporal nos encontramos pues de ello depende qué decisiones tomemos. Si algo caracteriza actualmente al pensamiento burgués es su perplejidad, desconcierto e ignorancia de lo que se avecina, y eso que los datos se amontonan y hasta la ONU, esa fiel legitimadora del imperialismo, los envía a todos los gobiernos. Si algo caracteriza al pensamiento comunista es su advertencia de que se están agotando los tiempos para resolver las crisis actuales y la catástrofe global que se avecina. Entre estos extremos crecen los sectores críticos que explícita o implícitamente dan la razón al comunismo y en concreto a Marx, aunque no se atreven a asumir la coherencia práctica de su teoría. Recordemos que hace una década, cuando se desplomó la URSS, el imperialismo se creía triunfador absoluto y definitivo. Hoy, por poner una fecha, la economía yanki retrocede por una crisis ya anunciada en lo esencial por El Capital de Marx. Por su parte Japón, la segunda economía nacional del mundo medida en moneda corriente porque medida en PPA - en paridad del poder adquisitivo- la segunda ya es China, se hunde más y más tras doce años de una crisis imparable y la Unión Europea no consigue en modo alguno llegar a las tasas alcanzadas hace treinta años. ¿Y qué nos dicen los burgueses del bluff de la flamante "nueva economía"? Y sólo nos hemos referido a la situación económica del centro imperialista, falso y mentiroso escaparate propagandístico para engatusar a alienados e incautos. El hambre, las enfermedades, los cambios en las regularidades de la naturaleza, la depauperación absoluta y relativa, no son independientes del capitalismo, accidentes fortuitos y azarosos o castigos y pruebas que nos mandan dioses crueles, sino efectos de su ferocidad egoísta.
Lo significativo es que, de un lado, el capitalismo ha vivido situaciones críticas similares aunque menos desarrolladas en extensión, intensidad e interrelaciones sistémicas; de otro lado, que de las crisis de las que ha salido, porque no ha salido de todas, lo ha hecho mediante guerras, destrucciones masivas de fuerzas productivas y excedente social acumulado y cargando sobre las espaldas de la humanidad el sufrimiento que todo ello genera y, por último, que el comunismo ya había adelantado teóricamente esta constante del capitalismo. Basta leer el Manifiesto Comunista para comprobarlo, y eso que esta obrita tiene limitaciones lógicas e inevitables por la juventud de sus autores y sobre todo porque en 1848 el capitalismo no había desarrollado aún todas sus características esenciales, pero las había anunciado. Trozos enteros de este genial e imprescindible librito son de una asombrosa actualidad y, desde luego, fueron con mucho los mejores de todos los escritos en aquella época. Desde entonces hasta ahora, e incluso podemos retroceder más en el tiempo, el comunismo -en cuanto praxeología revolucionaria- siempre ha ido por delante de cualquier teoría burguesa en el estudio objetivo de las contradicciones del modo de producción capitalista. Y también ha marcado las grandes líneas de investigación del resto de estudios críticos pero parciales y específicos del capitalismo. Semejante capacidad de vanguardia intelectual nace del contenido del materialismo histórico como síntesis dialéctica de los mejores logros del pensamiento humano.
Esto nos lleva a la tercera cuestión que queremos tratar, la de la capacidad del comunismo para aprender e integrar en su cuerpo teórico otras innovaciones exteriores. Sería suicida, para seguir con el ejemplo del marino, que éste rechazara las ayudas de salvamento por el simple hecho de que vienen en un barco de doble casco y fibra de vidrio, en vez del viejo cascarón de hierro monovolumen. La capacidad de sobrevivencia de cualquier cosa radica precisamente en su flexibilidad adaptativa interior frente a las exigencias exteriores, y en este sentido cuando el comunismo se ha anquilosado y ha rechazado una de sus virtudes básicas -estudiar con fruición intelectual todo avance teórico- ha empezado a negarse en su misma esencia. Esta es una razón entre las varias que explican el hundimiento de la URSS. Por el contrario, lo que ha caracterizado desde siempre a los marxistas y en general a los revolucionarios ha sido su necesidad, deseo y placer del permanente estudio crítico, positivo e integrador --dialéctico- de cualquier avance del conocimiento humano, así como la permanente crítica radical e implacable del reaccionarismo intelectual. Nótese que hablamos de necesidad, deseo y placer de y en el estudio, es decir, para el comunista el estudio no es una obligación exterior, forzosa y hasta penosa, sino un componente creativo inherente a su propia naturaleza. En realidad, como se sabe, cualquier persona no idiotizada por la educación opresora siente una similar necesidad, deseo y placer por el enriquecimiento intelectual, artístico, etc.; pero el comunista, además, lleva esa característica no alienada a sus niveles más altos de pensamiento integrador, global y sintético, lo que le permite construir un pensamiento complejo y dialéctico de una enorme riqueza pero, a la vez, le exige una continuada alimentación intelectual de ese pensamiento.
Comparando esta capacidad comunista, y de otros muchos creadores especializados en áreas particulares, con la simplona especialización monotemática típica de la burguesía, vemos que aquella exige de la libertad y democracia socialista para crecer y expandirse mientras que ésta, la burguesa, necesita del orden jerarquizador, tecnocrático y minoritario para imponer el dogma capitalistas. Cara al siglo XXI, con sus formidables retos de supervivencia, este antagonismo entre la metodología comunista y la burguesa sirve para comprender la irreductibilidad de los dos grandes y definitivos paradigmas. El primero, el comunista, plantea que la emancipación de los trabajadores, y por extensión de todos los oprimidos y de la humanidad entera, ha de ser obra de los trabajadores mismos o no será, lo cual supone que desde las más nimias decisiones sociales hasta los grandes proyectos planetarios para frenar el desastre ecológico, pasando por la erradicación de enfermedades, y la opción por otro modelo de vida, sin olvidar la superación del poder tecnocientífico capitalista, todo esto ha de ser obra de la humanidad autoorganizada, propietaria colectiva de las fuerzas productivas y reintegrada en la naturaleza como una parte más de ésta. Por el contrario, el paradigma burgués, que en los momentos críticos disciplina a las múltiples modas intelectuales y al reformismo socialdemócrata, sostiene que sólo la selecta élite monopolista puede salvar a la "civilización".
Estos son los dos grandes paradigmas que al comienzo del siglo XXI de la cronología occidental se enfrentan, se siguen enfrentando, a muerte. Tienen componentes "viejos", desde luego, porque uno como otro no dudan en reclamarse de las experiencias muy anteriores. La comunista, con orgullo, reivindica a las mujeres, naciones y clases oprimidas desde hace más de tres mil años. La burguesa, con odio a las masas, reivindica las grandes contrarrevoluciones reaccionarias de la historia entera. Componente "viejo" pero más actual y vivo que nunca porque lo permanente de la historia humana desde que existe la explotación, dominación y opresión es la lucha entre uno y otro bloque. A la vez, son "nuevos" porque, para luchar y triunfar, tienen que innovar, mejorar y ampliar sus fuerzas. El comunista lo hace integrando dialécticamente todos los adelantos del conocimiento humano e intentando aunar a todas las luchas contra todas las injusticias; y el burgués, mejorando y multiplicando las fuerzas represivas y los sistemas de explotación de la fuerza de trabajo. Cogidos entre ambos extremos esenciales, las sucesivas modas y reformismos, oscilan de un lado a otro, cogiendo fuerza según los momentos pero extinguiéndose al poco y defendiendo al capitalismo en los momentos cruciales como los partidos socialdemócratas. No puede ser de otro modo porque si bien en tiempos de relativa o poca lucha y represión, estos proyectos "alternativos" llegan a tener audiencia y seguidores, cuando se polarizan los extremos y sale a la superficie la importancia de lo que está en cuestión -propiedad privada de las fuerzas productivas, apropiación burguesa del excedente colectivo, supeditación del ser humano a la maquina, dictadura del valor de cambio, opresión de género y nacional, expolio destructor de la naturaleza, etc.- entonces, ya en este nivel de antagonismo irreconciliable, esas posiciones intermedias desaparecen de escena.
Por tanto, para concluir, mientras perviva el modo de producción capitalista sólo existirán dos paradigmas sociales decisorios en última instancia, el comunista y el burgués. No existe ningún dato histórico que permita pensar que una "tercera vía" vaya a suplantarlos y menos todavía a sintetizarlos en una especie de "nueva alternativa". Todos los intentos de lograrlo han fracasado más temprano que tarde.
EUSKAL HERRIA 18/III/2001